Fotografía Zen

Al pensar en la palabra “Zen”, la mayoría de las personas se imagina un monje budista sentado en un lejano monasterio meditando en una especie de estado de “iluminación”. Cuando pienso en la palabra “Zen”, no puedo sino pensar en una manera especial de hacer las cosas que invariablemente me lleva a la forma muy personal que tengo de enfrentarme a la fotografía.

 

Cuando hago una imagen, soy cuando yo más soy

 

Si alguien quisiera conocerme de verdad, tendría que estar justo a mi lado en el momento de cazar imágenes (aunque es muy probable que no me dé cuenta que está ahí). 

 

 

Soy un fotógrafo de pocas fotos. El placer que me produce salir a buscar imágenes está más relacionado al ritual fotográfico de lo análogo donde se tienen muy pocas posibilidades de acierto y muchas posibilidades de errar. Es una forma de hacer las cosas donde incluso una fotografía al día puede ser un exceso. Me he dedicado principalmente a hacer fotografías en blanco y negro en formato medio de 6x6. Mi equipo es una vieja Rolleiflex de los años sesenta. Con eso me basta. 

 

Esta manera de fotografiar me ha ayudado a lograr un estilo que creo me caracteriza y que se refleja en imágenes que logran ser bastante íntimas. Me acerco lo que más puedo a los sujetos fotografiados y espero mucho tiempo antes de cada “click”. Observo mucho. Espero. Intento pasar lo más desapercibido posible. Visualizo una situación que puede o no darse y espero un minuto. Diez minutos. Una hora. El tiempo que sea necesario para que algo ocurra.

 

Mi equipo no permite ráfagas de 15 fotografías por segundo. Es sólo una foto cada cierto tiempo. En cada rollo tengo sólo 12 oportunidades para un acierto. Nada más. Y debo estar seguro que todas las variables están bajo control para que la imagen sea mínimamente decente según mis propios estándares, según lo que yo entiendo como estético o según lo que quiera comunicar. A veces me queda sólo una foto y ¡frente a mi está ocurriendo algo verdaderamente único e irrepetible! ¿Qué hacer? ¿Disparo rápido a cualquier cosa para cambiar el rollo? ¿Espero con una sola posibilidad en mi cámara por si algo aún más increíble sucede y así no me lo pierdo? ¿Por si sucede algo nunca antes visto mientras cambio rollo? Esto no es algo que piense a menudo un fotógrafo con una tarjeta de 256 GB. Es parte de lo que estás dispuesto a sacrificar con lo análogo.

 

Muchas veces simplemente pierdes y no eres capaz de capturar lo que estabas buscando con ansias. Pero eso es parte del ritual de la fotografía análoga. Sobre todo, en formatos medianos y grandes. Debes saber ganar, pero también perder (y muchas veces).

 

El lente fijo de 80mm de mi Rolleiflex obliga a mis piernas a ser el zoom y la falta de auto foco hace que algunas fotografías no sean “perfectas” como quizás se esperaría de una cámara digital muy rápida con infinidad de puntos de enfoque. En mi opinión, eso hace que la imagen sea un poco más real, de acuerdo con la estética que busco. Al parecer, hoy califican las cámaras de mejores o peores según su capacidad de enfoque, lo cual me tiene sin cuidado. Muchas veces abrazo el desenfoque porque así también vivo mi vida… en un constante desajuste entre lo sublime y el desequilibrio. Entre el paraíso y las mazmorras. Blanco y negro.

 

La forma de hacer fotografía que he elegido tampoco permite ser un observador lejano. Estoy siempre inmerso en el juego de “ser parte” y acompañar. Me gusta estar cerca de mis sujetos en todo momento y no invadir con un teleobjetivo enorme. La mayoría de las veces la fotografía queda escondida en tu cabeza porque nunca fue. Y nunca fue porque preferiste sentarte a compartir un pan.

 

Al igual que el Zen, para mi fotografiar es un estado mental. Busco la quietud, la simplicidad, la introspección y la búsqueda de la belleza en todas las cosas, aunque lo que esté frente a mí no responda a los cánones clásicos de belleza. En un paisaje, por ejemplo, no fotografías “la idea” que tienes sobre lo bello de la naturaleza, sino cómo los elementos interactúan entre sí. A veces se pierde el límite entre la fotografía que quieres lograr y tu estado mental.

 

Si puedo, intento no juzgar lo que está frente a mí, sólo dejo que llegue y se vaya… como un río de formas y texturas. Trato que los conceptos o conocimientos que tengo sobre lo que estoy fotografiando, desaparezcan. Debe dominar la intuición. Y si tengo suerte, logro estar “en la zona”... y de pronto, casi sin darme cuenta, mi cerebro se estimula con algo que produce un disparo.

 

Todos podemos hacerlo. Basta estar lo más presente posible y tener una cámara en la mano. Luego, de una manera que para mí seguirá siendo mágica, la imagen queda encerrada como “imagen latente” hasta que decida liberarla. La luz que se reflejó a 300 mil km/seg en las moléculas de una piel humana, impactó luego los haluros de plata de la película y espera resucitar. Así, tal cual. La imagen se revela. Los objetos fotografiados reviven frente a mis ojos y me emociono. No ocurre así con un sensor digital que traduce todo a un código binario de ceros y unos y que muestra una imagen que es una representación, pero no la realidad. Pero bueno… esos son rollos.

 

No puedo dejar de lado en este pequeño texto, la influencia que está teniendo en mi la línea X de Fujifilm.

 

 

Cuando trabajaba hasta hace poco, nisiquiera pensaba en tener en mis manos una Fujifilm digital. Debo reconocer que tenía una especie de prejuicio hacia cualquier cosa que fuese digital… pero eso cambió el día e que un amigo me dejó probar una Fuji100F! Quedé muy impresionado con lo firme de la construcción y cómo me hacía recordar en mano a las viejas Leica de los míticos Cartier-Bresson, Capa o nuestro Sergio Larraín. “Esta cosa es digital?”… debe haber sido mi primera pregunta. No podía creer que finalmente los tipos en la fábrica hubiesen hecho algo pensado para fotógrafos como nosotros. No pasó mucho tiempo en verme tentado por la Xpro1, la XT1 y ahora me pueden ver jugando cada cierto tiempo con la XT2 (mi mano derecha para trabajo de tipo corporativo y documental).

 

 

Cámaras maravillosas por donde se les mire. Capaces de generar imágenes con un rango dinámico sorprendente, ayudado por la ya legendaria óptica Fujifilm.

 

También me llama mucho la atención que la interfaz haya sido pensada en los fotógrafos que nacimos con las viejas Canon o Nikon.

 

Y como si nada de esto fuera poco, son un imán para muchas personas en la calle que se ven atraídas por un objeto tan lindo y quieren conversar al respecto.

 

Fujifilm me ha ayudado a des centrarme un poco… y me ha ayudado a aprender que muchas de las características de un cuerpo y las formas de usarlo (ya que al final es sólo un instrumento) se repiten en el tiempo. A que no importa mucho lo que tengas en tus manos, sino en tu cabeza. Tú sólo quieres decir algo, lo demás es un simple instrumento.

 

 

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